martes 27 de abril de 2010

El hombre de las amarras terrestres


El exiliado, ese ser devorado por la historia... una historia cruenta.
Ese desconocido. Ese ser que no tiene lugar en el mundo,
ni geográfico, ni político, ni social, ni ontológico.
María Zambrano


Las ciudades y los pueblos, usando palabras de la filosofa María Zambrano, están sostenidos en secretos, en misterios que no pueden ponerse a la luz por completo porque escapan al inventario de la razón. Son pequeños detalles, casi inadvertidos, que dan profundidad y sentido a las comunidades, a los destinos y a los verdaderos deseos. Amarras que unen con aquél lugar donde se ha nacido, conexiones que no pueden sino recordar a la propia tierra, a aquél elemento del que el hombre se sabe hecho desde el inicio de los tiempos.

Yo nací en la tierra también, en Milpa Alta. Rodeado de bosques y de campos verdes, heredero de secretos y misterios, de aquellas entidades que sólo saben transmitir bien los abuelos y que pasan inadvertidos para los ojos habituados a la vida (semi)rural. Y entre las leyendas de nahuales, seres sobrenaturales, anécdotas revolucionarias y un pasado prehispánico, olvidado, en ocasiones, en otras idealizado, yace la figura y la presencia de un hombre que venido de tierras lejanas se enamoró de las milpas, de las tradiciones rurales, y también— ¿por qué no decirlo?— de los hombre milpaltenses.

¿Quién es este hombre enamorado del lugar donde se quedó a vivir, tal vez sin más razones que las ganas de encontrar aventuras? ¿Quién es este hombre autoexiliado, alejado de la moral en turno, amante de los detalles pequeños y profeta— secreto— de la melancolía? ¿Quién es aquél ser que piensa en su madre, tal vez más que en cualquier otra persona, que se niega a dar muchas explicaciones sobre su oficio, pero que es generoso con aquellos que le rodean? Debe ser un poeta.

El poeta en este caso, quizás muy a su pesar, porque sabía que las palabras jamás logran capturar todo lo que se siente y se vive, lo que se es realmente, tiene un nombre: Abigael Bohórquez.

Somos muchos los que no tuvimos la fortuna de conocer en persona a Abigael: su carácter, su risa, la historia de sus versos, su camino taciturno a través de las letras, sólo llegan a nosotros a través de nuestros padres y tíos que convivieron con él y que lo describen como si fuera un ancestro sagrado, un abuelo con palabras que invitan a otros mundos posibles, no gastados, con lágrimas y risas propias, a pensarse de nuevo con la mirada en el vacío. Porque él era un enviado del desierto, aquél horizonte de su natal Sonora que sin muchas dudas fue su primer maestro.

Para los que hemos crecido en Milpa Alta, alejados de los grandes centros literarios y de cultura, aquello que aún así nos decimos soñadores del camino las letras, de la poesía o del teatro, encontrar un poemario titulado Memoria en la alta milpa, o “Milpa Alta’s Blues”, despierta una sonrisa que abre una vereda, una ensoñación que después se vuelve camino, fuerza que abre un horizonte: el mundo. Que un poeta de la talla de Bohórquez haya encontrado en nuestro rincón del mundo, la inspiración y la vía para la explosión del arte, es la invitación al vuelo, la esperanza de despegar a través del lenguaje poético a aquellas regiones de la vida que no son alcanzables más que por el camino de los versos.

Abigael Bohórquez, por desgracia, no está más en Milpa Alta. La dejo años aun en vida, por razones que nadie debe intentar explicar, porque los poetas no tienen razones. Pero a 15 años de su partida final, nos muestra en su ser, cercano a aquella experiencia del exilio autoproclamado del que se sabe alejado del orden habitual y cotidiano de las cosas, que la poesía es finalmente, usando de nuevo palabras de María Zambrano, el camino de la embriaguez, más no de la embriaguez desmesurada y meramente irracional, es la embriaguez del que está condenado a la lucidez, a decir aquellas verdades que nadie se atrevería a revelar sin poner en riesgo su existencia. Porque la poesía exige renunciar a las costumbres caducas, a los sentidos superfluos y al pasado opresor. Bohórquez es un exiliado que vive en la poesía, aquel portador de palabras de los seres a los que no se le reconoce su ser completo y que incluso desde ahí, y a pesar del frío y del aislamiento germinaran y gritan poemas como si fueran rugidos.

Bohórquez mismo advertía que no era él que hablaba, y que en vez de intentar explicar su poesía, lo que mejor podía hacer como poeta era ignorarse. Porque él era instrumento del hálito universal, de aquella voz que habla convertida en flores, árboles y cuerpo. Abigael Bohórquez es la voz de quien está poseído por palabras revestidas de eternidad que sólo el lenguaje de aquél que no duerme sin ver las estrellas y sin pensar en un cuerpo amado en compañía tiene el derecho de evocar.

Bohórquez estaba condenado a la poesía, sin opción para negarse al nacimiento de sentidos, de mariposas multicolores que exigían les escribiese una biografía, de perros a los que había que llorarles en la muerte, de amores jóvenes que sólo se podían decir en el lenguaje de la carne y en las despedidas que saben a milpa alta gris. Su poesía es poesía de la tierra que no aspira a mundos metafísicas sino a una realidad corpórea, tangible y perfumada de vida como los campos recién sembrados, como el desierto que se guarda celosamente en el recuerdo, como la siesta curativa en el seno de la madre.

En Bohórquez la poesía es hacer puentes, desembarcar, echarse a la tierra para ser cortado como se corta a la leña, es un candil encendido que dice lo que grita La Voz. Es sumergirse en luz que dice las verdaderas más crudas sin coartadas, el trago de vino que atraviesa los sueños. Es la palabra que toma al corazón y a sus designios y les prende fuego, la caída que llena de vértigo, el consuelo que desquicia más y que invita al derrumbe. Por todo eso y más, la poesía de Bohórquez, frente a las buenas costumbres burguesas, frente a las normas fosilizadas, frente a las morales imperiosas y los cánones fijos, nos recuerda siempre que seguimos vivos en toda la complejidad de las palabras, es el poeta que nos hace el amor con su versos, a quien le bastó decir “hágase la alegría”: y se hizo.

Milpa Alta, abril de 2010.

[Leído durante el homenaje a Abigael Bohórquez a 15 años de su muerte. Palacio Legislativo de San Lázaro, Ciudad de México, 21 de abril de 2010.]